Zen, retorno a la fuente del espíritu religioso

Teisho de Roland Yuno Rech durante las ceremonias de la Gendronnière por el 30° aniversario de la muerte del Maestro Taisen Deshimaru en abril 2012

Cuando proyectamos esta conmemoración de los treinta años de la muerte del Maestro Deshimaru pensé en esta frase que pronunció cuando llegó a Francia: “No he venido para traer una nueva religión a Europa, sino una práctica, el zazen, que ayudará los europeos a rencontrar la fuente del espíritu religioso”. Desde hace treinta años sus discípulos cercanos que continúan transmitiendo esta práctica, tienen en su mayoría la preocupación de preservar la esencia profundamente religiosa, a pesar de las numerosas opiniones negativas que muchas personas tienen de las religiones, sobre todo en Francia.

Pero nosotros decimos: “Espíritu religioso” y no “Religión” ya que esa palabra tiene una connotación negativa por culpa de los errores y los crímenes cometidos en nombre de las religiones. Muchas personas desconfían de las religiones que juzgan a veces muy dogmáticas, esclerosadas, formalistas, apegadas a ritos y dogmas, parasitadas por los problemas de poder.

Remediar esa deriva, extravío, puede ser el aporte del Zen a la crisis de nuestra civilización. Eso implica comprender cómo tales extravíos son posibles. Eso es debido a mi entender, a varias causas. Respecto a la violencia es muchas veces debido a la recuperación de lo religioso por los políticos. Pero cómo un religioso puede así ser recuperado si no es a causa de su falta de despertar espiritual. Es lo mismo cuando los problemas de poder y de influencia institucional se imponen sobre la práctica profunda que implica necesariamente el florecimiento de un espíritu tolerante y compasivo.

Entonces en vez de solo condenar los errores, los religiosos deberían comprender las causas para remediarlos y evitar así el rechazo frecuente de las religiones en nombre de la espiritualidad. Pero el arrepentimiento no es suficiente. Debe prolongarse en la sabiduría.

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El ser humano es un ser espiritual. Si se le amputa esa dimensión religiosa corre el riesgo de zozobrar en el materialismo, que en su versión “materialismo espiritual” utiliza ciertas prácticas religiosas como la meditación para desarrollar el ego. Eso se llama el: “Desarrollo Personal”. En ese movimiento la dimensión religiosa es muchas veces puesta en la cima de la pirámide de las necesidades, como un plus para satisfacer la avidez de un ego goloso, mientras que esa dimensión está, pienso, en la base de la existencia humana, tan fundamental como la respiración. Por otra parte, no es solo una necesidad sino una realidad.

La esencia de nuestra existencia es religiosa. Pero el zen está generalmente asociado, sobre todo como adjetivo, al bienestar. Pero el bienestar es a lo que aspiran muchas personas desilusionados respecto a las ideologías que prometen la salvación para más tarde: después de la revolución o después de la muerte.

Pero el verdadero bienestar no puede ser alcanzado en tanto que se lo busque con avidez por medio de diferentes productos o técnicas. Porque implica de despertarse a la realidad del ser no como substancia sino como manera de ser en el mundo, instante tras instante. Ser, ¿no es ser interdependiente de todo el universo, unido a todos los seres? Como lo que realizó Shakyamuni que exclamó: “He realizado el despertar con todas las existencias”.

Actualizar eso es vivir con benevolencia, amor y compasión, que no separan el yo de los otros. El verdadero bienestar implica por lo tanto un despertar espiritual y una ética que son dos aspectos esenciales de la práctica del zen. Entonces el bienestar permite acceder a la felicidad a la que aspiran todos los seres sensibles. En la Vía del budismo Mahayana la felicidad es el fruto de los méritos de la práctica. Pero sólo es verdaderamente posible si no estamos apegados y si se acepta la impermanencia, lo que implica el despertar a la no-substancia del yo y a la vacuidad de los objetos de los deseos o de las aversiones.

Realizar esa dimensión última que está más allá de aquella de los méritos, es sin duda el sentido de la venida de Bodhidharma al Este y del Maestro Deshimaru al Oeste. Pero si se enseña solo la dimensión absoluta se pierde el contacto con aquellos que no están preparados para escucharla y vivirla. Así es que en su compasión el bodhisattva ayuda también a los seres en sus necesidades actuales. Pero no reduce el Dharma a eso y mantiene la puerta siempre abierta a la dimensión última dando ánimo a los seres de volver a la fuente de sus existencias.

Rencontrar la fuente del espíritu religioso anterior a las religiones es volver al Dharma anterior a Buda, a la Vía antigua que Shakyamuni sólo redescubrió, como una antigua carretera cubierta por la jungla. Como sabéis, la palabra religión tiene dos etimologías: religare, vincular, y relegere, acoger, revisar con cuidado, lo contrario de descuidar. Eso conviene a la práctica del Zen que permite vincularse con la última realidad o la naturaleza de Buda. Como esa naturaleza sin substancia es la que compartimos con todos los seres y es lo que nos vincula a ellos, no hay existencia auténtica mientras lo ignoremos, lo descuidemos y no nos armonicemos con ella.

Pero la religión es a menudo asimilada a la creencia en un Dios único. Entonces cada religión se considera como un sistema completo y se ofrece como la única religión verdadera.Se vuelve totalitaria y entonces tiende a oponerse a las demás, generando muchas veces conflictos que contradicen su ideal de paz y de amor. Eso solo hace acrecentar la desconfianza hacia las religiones.

Muchas veces se dice que el budismo es una religión sin Dios. Pero el zen no es ni teísta ni ateo. Se mantiene en la Vía del medio entre afirmación y negación. Así permite la experiencia viva de la naturaleza de buda como dimensión íntima de nuestra existencia más allá de cualquier noción, incluso aquella de Dios o de Buda. Además, muchas veces el budismo, integró las divinidades locales en su culto. Pero maestros como Dogen advirtieron a sus discípulos que no se debía esperar ninguna auténtica liberación por tales prácticas. Zazen es también religioso en el sentido del recogimiento que permite de reunir en nosotros lo que la actividad mental dualista no cesa de dispersar llevando a una falta grave de atención a lo que es. Sanzen que el Maestro Nyojo calificaba como la esencia del zen, significa reunirse, maestro y discípulo reunidos en una práctica que nos hace estar en sintonía (comulgar) con la última verdad que llamamos Dharma. ¿No es ese el sentido profundo de la aspiración religiosa?

Reconocer la existencia de un principio o de un poder superior a nuestro pequeño ego, que lo llamemos Dios, Buda, orden cósmico, participa del espíritu religioso. Eso perturba nuestro individualismo pero es saludable porque el egocentrismo crea perturbaciones mucho más graves!

El Maestro Deshimaru nos recomendaba sin cesar en seguir el orden cósmico en tanto mushotoku, lo que es sólo posible cuando no es más nuestro ego el que nos dirige sino el espíritu despierto por zazen. Tenemos confianza en eso. Tal es nuestra fe que, más profundamente que una creencia, anima nuestra vida. La debemos al Maestro Deshimaru que nos la transmitió y a quien le expresamos nuestra gratitud, no solo durante estos dos días sino cada vez que nos sentamos en zazen.

Sentarse en zazen es como un rito que vuelve actual y vivo en nosotros el despertar de todos los budas del pasado. Se transmite en los dojo donde se practica la Vía de generación en generación. Treinta años después de la muerte del Maestro Deshimaru renovamos el voto que hicimos sobre su tumba de continuar zazen eternamente. Es lo que hace que la esencia de su vida continue de transmitirse más allá de su muerte. Es también lo que le permite a cada uno experimentar la vida eterna que está en nosotros y que las religiones generalmente sitúan fuera de nosotros. El zen es así la vida más allá de la vida y muerte condicionadas por nuestro mental dualista, del que el zazen nos libera.

No es sólo vuelta a la fuente del espíritu religioso. El espíritu religioso es en sí mismo esa vuelta a la fuente. En ese movimiento nuestro espíritu se vuelve vasto no permaneciendo en nada. La fuente es aquello que fluye sin cesar, así es como permanece pura como la consciencia en zazen. De esa práctica transmitida de los valores aparecen aquellos que le vuelven a dar un sentido profundo a nuestras vidas que parecen muchas veces desprovistas de ello. Eso permite de vivir en armonía con el Dharma, el orden cósmico.

Vivir como Buda, animado por el mismo despertar, es practicar naturalmente las paramitas que expresan todas el despertar de zazen. Gracias a prajna, bodaïshin, aparece el espíritu religioso y la práctica de los preceptos, del don, del esfuerzo enérgico, de la paciencia, de la meditación y de la sabiduría son despertar y liberación aquí y ahora. Es lo que le da a la vida su dimensión religiosa que hacemos el voto de proteger como una realidad viviente, porque es originalmente despertar y liberación. Las cuatro santas verdades, arya satya, son santas porque su práctica es realización de ese despertar y de esa liberación, lo que no permite el apego a los dogmas religiosos. Es eso que los budas y patriarcas transmitieron de generación en generación en la escuela zen Soto para mantener viviente ese espíritu religioso.

Es también el sentido de esta conmemoración que nos recuerda nuestra importante responsabilidad en ese dominio: proteger la pureza de la práctica de zazen y del gyoji que lo prolonga en la vida cotidiana. ¿Cómo? Protegiendo la práctica-realización que no es un medio para obtener el satori, sino la realización inmediata del despertar. El gyoji, la práctica constante, no es una técnica espiritual sino la vida de Buda. Todos aquellos que la siguen pueden tener la experiencia.

Bossuet decía: “La religión tiene a Dios por objeto”. En el zen Buda no es un objeto sino Despertar. Es lo que somos en realidad, y que lo vivimos cuando no estamos más embaucados por su ego ni por el de los demás. Es lo que revela la práctica de Jijuyu Zanmai que está en el corazón de la transmisión del zen. El espíritu religioso es también el espíritu capaz de ir más allá de la visión ordinaria de la realidad y darse cuenta de la dimensión última o profunda, de ver simultáneamente ku y shiki en todos los fenómenos que nos constituyen y que encontramos. Es el hecho de ver con los dos ojos que da su profundidad a la existencia. No es sobrenatural ni oculta sino que muchas veces nosotros la ocultamos.

La dimensión mística del zen no es misteriosa o irracional para aquellos que hacen la experiencia. Se dice del misticismo que es: “`Creencia en la posibilidad de una unión íntima y directa del espíritu humano al principio fundamental del ser, unión constituyendo a la vez un modo de existencia y un modo de conocimiento extraños y superiores a la existencia y al conocimiento normales”.

Eso se parece al zen. Pero el verdadero retorno a la fuente nos hace abandonar el espíritu que discrimina lo normal de lo sobrenatural. El espíritu ordinario es la Vía decía el Maestro Nansen a su discípulo Joshu. Pero buscar acercarnos a él nos aleja porque es aún hacer algo especial siguiendo el propio ego. A diferencia de las otras religiones el zen es conocido por privilegiar la experiencia interior respecto a las creencias y a los ritos, de allí la decepción de algunos que constatan que las ceremonias recobran un lugar importante en ciertos lugares de práctica.

Respecto al tema, Dogen citaba la enseñanza de su Maestro Nyojo : “Sanzen, la práctica del zen, es shinjin datsuraku: cuerpo y mente despojados. No es necesario quemar incienso, rendir homenaje, recitar el nombre de Buda, hacer penitencia o recitar los sutras. Practicad shikantaza, sólo sentarse”. Y como Dogen le preguntó qué es cuerpo y mente despojados, Nyojo agregó: “Cuerpo y mente despojados es zazen. Cuando hacéis zazen en un solo espíritu estáis liberados de los cinco deseos y de los cinco obstáculos”. Dogen retoma en el Shobogenzo muchas veces esa cita del Hokyoki, lo que muestra que eso traduce su experiencia íntima.

Puede ser también que tenía presente en su mente la advertencia de Shakyamuni que decía que el apego a los ritos y a las reglas es un obstáculo al despertar. Pero eso no quiere decir que hay que rechazar las reglas y los ritos, sino Dogen no las habría establecido para la práctica de sus discípulos tanto en Koshoji como en Eiheiji. Eso sólo significa que no hay que apegarse, como si faltara algo a la práctica de zazen sin ellos. Entonces, practicadas sin apego las ceremonias son la expresión de la liberación realizada en zazen.

De la misma manera Dogen, en el Kyojukaimon, hace de los preceptos la transmisión de la sabiduría viva de los budas, mientras que al principio del Shobogenzo Zuimonki dice: “Debéis respetar los preceptos y las reglas de las comidas. Sin embargo es falso insistir en ellos como esenciales, de establecerlos como una práctica y esperar realizar la Vía respetándolos. Los seguimos sólo porque son las actividades de los monjes zen y el estilo de vida de los discípulos de Buda”.

Eso confirma que el Dharma se transmite como una Vía de liberación y que los apegos, que se producen en su práctica, son trampas que traicionan su verdadero sentido. Llegado a Francia hace 45 años el Maestro Deshimaru se esforzó en transmitir un zen despojado de esas trampas y centrado en lo esencial: la práctica que permite volver a la fuente del espíritu religioso. Es lo que hizo también el Maestro Dogen a su vuelta de China escribiendo el Fukazazengi luego el Bendowa. El Bendowa, al principio del Shobogenzo, comienza por la descripción de la práctica justa de zazen como Jijuyuzanmai. Es: “La práctica libre de toda fabricación humana por la cual los budas se transmitieron el maravilloso Dharma de unos a otros sin cambios y realizaron el despertar supremo y completo. La puerta de entrada a ese samadhi es la sentada justa en zazen”.

Dogen agrega: “Ese dharma está ampliamente presente en cada persona pero si no practicamos no se manifiesta; si no hay realización no se alcanza”. Ese samadhi de zazen está entonces en el corazón de la transmisión del zen. Es la fuente del espíritu religioso porque no sólo nos hace realizar nuestra verdadera naturaleza sino que también hace existir todos a los seres en la misma realización en virtud del principio de doji jodo, la asistencia mutua o resonancia que se produce en la práctica pura de zazen. Dogen escribe: “Cuando incluso en un período corto de tiempo os sentáis en samadhi, imprimiendo el sello de Buda en vuestras tres actividades, cada cosa y todas las cosas sin exclusión de ninguna, es el sello de Buda y todo espacio sin excepción es despertar”. Tal era la enseñanza de Dogen para transmitir la esencia del espíritu religioso que había realizado junto al Maestro Nyojo. Incluye la alegría de su propio despertar que se comparte con los demás y que el Maestro Deshimaru no cesó de expresar desde el principio hasta el final de su misión en Europa. Solo podemos renovar la expresión de nuestra gratitud por ello continuando de practicar lo que nos enseñó.

Si en la escuela zen Soto la transmisión es aquella del espíritu del despertar, del espíritu de Buda, ella se manifiesta en lo que podemos llamar la religión del bodhisattva, que muestra la naturaleza de Buda en la práctica del don, del compartir que cura de la avidez y contribuye al advenimiento de un mundo de paz. Es a lo que contribuyen igualmente las palabras benévolas que permiten superar el odio y reconciliarse con los enemigos. El espíritu religioso del bodhisattva lo lleva a prestar servicio a todos los seres y a no separarse ni a diferenciarse de ellos. Así el zen no consiste sólo en volver a la fuente del espíritu religioso sino a constantemente nadar en el río para ayudar a los demás a atravesar a la otra orilla. De esa manera la otra orilla viene a nosotros y no hay más separación entre samsara y nirvana.

Es sin duda ese espíritu el que hizo escribir a Dogen:

En cada momento
despierto o dormido
en mi ermita de techo de paja
ofrezco esta plegaria:
Esforcémonos en salvar
a los demás antes que a nosotros mismos.

Aquel que puede hacer ese voto está ya salvado de su egocentrismo y despierto a la realidad que abraza la fuente y sus afluentes y no hay esfuerzo que hacer para salvar a los demás porque están ya salvados por su propia naturaleza de buda que los invita a reconocer, dejándola propagarse por su propia práctica.

Etiquetas: Roland Yuno Rech

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